La Iglesia Católica nos da millones de razones para apostatar. No las voy a enumerar. Contaré por qué apostato yo. Hace años que me lo planteo, pero al final no me lanzo nunca
por unas cosas o por otras. Hace falta tiempo, dinero (poco, pero dada
mi antigua precariedad los 20 euros que me han sacado por solicitar mi partida
de bautismo me habrían fastidiado el presupuesto mensual), y sobre todo
ganas, las cuales no me faltaron nunca.
Mis padres (todavía no sé bien
por qué) me inscribieron en el registro de la Iglesia Católica, es
decir, me bautizaron a los pocos meses de nacer, pero me dieron una
educación laica. Aun así, a los 9 años decidí que quería hacer la
comunión. No fue por los regalos ni por la fiesta (en mi casa,
afortunadamente, no faltaron nunca ni los unos ni las otras), sino
porque creía en Dios. Creía en Dios a la manera infantil de creer en
Dios: Él es un ser bueno que te protege y le da una trascendencia a tus
veleidades espirituales.
Dejé de creer en Dios antes de
tomar la Primera Comunión, no recuerdo si fue al ver la cara que ponía
mi padre cuando le entregué el sobre que me había dado el cura de mi
Parroquia "para que tu papá ayude a la Iglesia" o el día que me llevaron
a confesar antes de tomar la Primera Comunión. En cualquier caso, en
esos días perdí la fe, fíjate tú qué cosas. A partir de ahí, viví mi
vida en la más absoluta herejía: ni creía que hubiese un Dios verdadero,
ni respetaba los preceptos morales ni las costumbres sociales que
impone la Iglesia Católica, ni aceptaba que una serie de señores que
-teóricamente- no saben lo que es la pareja ni lo que son las relaciones
sexuales me digan cómo tenga que encauzar la una y cómo y con quién
practicar las otras. Y sobre todo no tolero que opinen y pretendan
gobernar sobre mi vientre. Por ahí no paso.
De hecho, soy profunda y filosóficamente atea: no soy atea ni por costumbre, ni por pereza mental, ni por parecer moderna. Soy atea desde la profunda convicción de que más allá de esta vida no quedan más que los recuerdos que dejemos de nosotros mismos en ella, nuestros hijos, nuestros árboles, nuestros libros. Soy filosóficamente atea porque llegué a esa conclusión tras lecturas y largos paseos solitarios donde me interrogué concienzudamente sobre lo que pensaba y creía de este mundo. Resumiendo: soy atea.
Cuando
cumplí la mayoría de edad empecé a pensar en apostatar, pero me parecía
un proceso largo y proceloso. Lo fui posponiendo hasta que se convirtió
en mi propósito de este año que acabamos de inagurar, 2015. Ahora tengo la fuerza y las ganas de hacerlo. Espero conseguirlo pronto.